Evangelio según Capital
En aquellos días los hombres intercambiaban aquello que tenían.
Unos ofrecían trigo.
Otros ofrecían barro.
Otros ofrecían el tiempo de sus manos.
Entonces los hombres crearon un símbolo para representar el valor de las cosas.
Y viajó más rápido que el trigo.
Más rápido que el barro.
Más rápido incluso que quienes lo habían creado.
Y así nació Capital.
No nació de la tierra.
Ni del mar.
Ni del cielo.
Nació de una idea.
Los hombres lo recibieron con alegría.
Pues donde antes había límites, aparecieron posibilidades.
Donde antes había escasez, apareció intercambio.
Donde antes había distancia, apareció conexión.
Pero con el tiempo los hombres olvidaron algo.
El símbolo había sido creado para servir. Y comenzaron a servir al símbolo.
Midieron su éxito con él.
Midieron su tiempo con él.
Midieron su valor con él.
Y algunos llegaron a medir incluso su propia alma.
Entonces Capital habló por primera vez.
Y dijo: «Yo nunca os pedí adoración. Sólo fui una herramienta. Fuisteis vosotros quienes construisteis altares.»
















