Durante mucho tiempo pensé que existía una realidad compartida y que cada persona la interpretaba de forma distinta.
Hoy sospecho que cada uno habita un mundo diferente. No porque los hechos cambien, sino porque cambia el peso que esos hechos tienen.
Dos personas pueden vivir en la misma casa y, sin embargo, no vivir en el mismo lugar.
Para una, esa casa es el lugar donde por fin descansa de un día agotador.
Para la otra, es el lugar del que lleva tiempo queriendo escapar.
Ninguna de las dos miente. Ninguna tiene una percepción “más correcta”. Simplemente están habitando dos mundos distintos construidos sobre el mismo escenario.
Y ahí aparece una dificultad enorme.
No es solo coordinar horarios, decisiones o proyectos. Es coordinar dos sistemas de significado completamente distintos. No convivimos únicamente con personas. Convivimos con universos. Y coordinar dos universos distintos es infinitamente más complejo que coordinar dos agendas.
Algo que para mí ocupa el centro de mi universo puede ser apenas un detalle en el del otro. Y al revés. El problema es que solemos intentar encajar esa diferencia en una jerarquía.
“Si para mí no es importante, será porque no lo es.” “Si para mí algo es enorme y tú no lo ves, es que no me entiendes.” Traducido: como no entiendo tu mundo, lo invalido.
Sospecho que ninguna de esas conclusiones es cierta. Quizá solo estamos intentando medir dos mundos con la misma regla.
Ortega y Gasset decía: “Yo soy yo y mis circunstancias.”
Y no hay duda de que somos nuestras circunstancias, pero también somos la importancia que nuestra conciencia le concede a cada una de ellas.
No afirmo que todo tenga la misma gravedad objetiva. Lo que quiero decir es que, dentro de una vida concreta, todo ocupa un lugar que desde fuera es imposible medir con precisión.
Los hechos no nacen con una importancia incorporada.
Somos nosotros quienes asignamos un peso. Y ese peso nunca depende únicamente de lo que ocurre, sino también de quién lo vive y desde dónde lo vive.
Una sonrisa puede ser un gesto automático para quien la ofrece y un salvavidas para quien llevaba semanas ahogándose.
Una conversación puede olvidarse en minutos para una persona y acompañar durante años a la otra.
Un “ya hablaremos” puede ser una fórmula de cortesía para alguien y el principio de una espera para otro.
Nunca podremos entrar del todo en el universo del otro. Solo podemos aproximarnos con menos certezas, con más preguntas, con la aceptación de que jamás veremos exactamente el paisaje que contempla quien tenemos delante.
Quizá la pregunta nunca fue: ”¿De verdad esto es para tanto?”. Quizá siempre fue: «¿Qué hace que esto pese tanto para ti?»
—Vanesa Silva
