No sabía hacerlo. No tenía ni idea, pero empecé como empiezan los que no tienen plan: haciendo como si lo tuvieran, como si alguien en algún momento me hubiese dado las instrucciones y yo simplemente las estuviese siguiendo.
No había estructura, no había base que intervenir. Nada que me sostuviera si fallaba. Y eso, más que liberador, es incómodo. Elimina cualquier posibilidad de esconderse: cada decisión llevaba mi firma, cada cagada también.
Porque sí, los errores llegan. No como frases de taza de Mr. Wonderful. Llegan como lo que son: la factura de ir a ciegas.
Podría decir que fueron parte de un proceso bien entendido, pero solo eran la consecuencia directa de no saber lo que estás haciendo.
Ahí es donde se suele confundir la película: llamar improvisar a lo que en realidad es ir perdido.
Improvisar es jazz. Lo mío era ruido.
Tomar decisiones sin tener claro en qué se apoyaban, sin saber si eran correctas o no, y aun así sostenerlas. No por convicción, sino por pura cabezonería.
Podría decir que confié en el proceso, pero no es verdad.
No había proceso como tal, ni una certeza que pudiera justificar lo que estaba haciendo. Lo único que había era continuidad. Inercia. Ese “ya que he empezado” construye más vidas que cualquier vocación.
Casi parece que estás probando.
Pero no.
Avanzas: con cada decisión que no revisas, con cada paso que no cuestionas, con cada “ya que he llegado hasta aquí”.
Y cuando quieres darte cuenta, ya no es que no sepas cómo hacerlo.
Es que ya lo has hecho.
—Vanesa Silva
