La muerte para mí no es un misterio, es una certeza en pausa.
No grita, pero siempre está. Ahí, al fondo. No como un fantasma. Sino como el metrónomo que marca cada uno de mis pasos, aunque yo siga bailando como si nada.
La observo sin miedo. Con la misma fascinación con la que se mira un cuadro inacabado: hermoso en su imperfección, trágico en su destino. Porque quizá eso sea morir: que te arranquen el pincel justo cuando estabas a punto de firmar tu obra maestra.
La muerte no avisa. No da prórrogas.
No tiene Spotify, pero sabe cuándo parar la música. Y cuando lo hace, no hay bis.
Solo silencio.
El más honesto de todos.
Me he preguntado mil veces si la muerte es un punto final o simplemente otro punto y aparte.
La ciencia lo tiene claro: se apagan las luces, se cierra el telón, todos para casa. Pero la ciencia nunca ha sentido un cajón vacío en mitad de la noche. La ciencia no sabe nada de duelos. Ni de recuerdos que arañan el alma.
Porque cuando alguien amado se va… sí, el cuerpo se convierte en ceniza, pero hay algo que sobrevive al devastador fuego. Una frase que se cuela en mi cabeza cuando menos lo espero. Un gesto que imito sin querer. Un silencio que grita más que un réquiem.
Entonces empiezo a dudar. Quizá la muerte no es el enemigo. Quizá es la sombra de la vida.
Su eco.
Su rastro.
Esa marca que queda en la arena cuando la ola ya se ha ido. Porque lo verdaderamente muerto, es lo que nunca tocó nada.
Pero lo que duele… lo que duele, es que aún respira.
Mi faceta creadora, me ha enseñado que matar también es un arte.
Cada obra que termino es una ejecución disfrazada de aplauso. El punto final no solo cierra una frase, la entierra. El último trazo no completa el cuadro, lo congela. Y esa madera restaurada, por mucho que brille, sigue oliendo a árbol muerto.
Crear es jugar a ser dios con fecha de caducidad.
Y firmar… firmar es el crimen perfecto. Declarar la autopsia concluida. Decirle al mundo: “Hasta aquí llegó mi aliento”.
Pero la ironía es esta: todo crimen deja testigos. Lo mismo ocurre con la creación: justo cuando yo termino, empieza otro.
El seguidor más entregado y el enemigo gratuito. El espectador. El lector. Ese que no pide permiso y convierte mi cadáver artístico en su propia resurrección. Porque toda obra, en manos ajenas, deja de ser mía, pero ahí comienza otra vida, la de quien la contempla, la interpreta y la transforma.
La muerte no me inquieta como cierre, me inquieta como espejo. Porque no existe para clausurar nada, está para recordarme lo evidente: que todo lo que es, está condenado a deshacerse. Que mi huella, por muy profunda que la marque, acabará siendo polvo.
Da igual cuánto me deje la piel en cada palabra, en cada obra, en cada simulacro de eternidad.
La tinta se desvanece.
El papel se rinde.
Hasta el metal se oxida.
Todo, tiene fecha de caducidad. Incluso el ego.
Y ahí está la clave: es precisamente esa fragilidad la que me obliga a crear. Si la vida no se acabara, sería un ensayo eterno. Sin urgencia, sin vértigo, sin alma.
El final no es el sinsentido de la historia. En mi opinión es su único sentido.
Cuando pienso en mi propia muerte, no imagino la oscuridad, sino la interrupción. Como si alguien cerrara un libro en mitad de un capítulo. No sabré cómo acaba mi historia, porque nunca sabremos cómo acaba realmente ninguna. La vida continúa multiplicándose en los otros: en quienes me recuerden, en quienes lean lo que escribí o encuentren entre mis cosas una nota olvidada.
Mi muerte será, entonces, apenas un cambio de perspectiva: dejaré de ser protagonista para convertirme en eco.
La muerte me convierte en coautora de lo que ya no está. Porque al morir no cierro la historia, la dejo en suspenso. Los demás escribirán a partir de mis huecos. Seré un silencio que obliga a otros a completar la frase. Y lo harán con lo que recuerden. O con lo que necesiten recordar.
Seré un silencio incómodo. Un vacío con forma de mí. Y lo más brutal: ese vacío pesará más que cualquier presencia. Porque a menudo, lo que falta dice más que todo lo que estuvo.
Tal vez la pregunta no sea “qué es la muerte”, sino “qué nos hace la muerte”. Porque definirla es inútil. Pero vivir pendientes de su sombra, nos delata.
Ningún animal mira su final con la lucidez cruel con la que lo hacemos nosotros. Sabemos que se acaba. Y ese saber nos incomoda, sí. Pero también nos empuja. Nos obliga a elegir:
A decidir qué dejamos. Qué creamos. Y sobre todo, cómo queremos ser recordados.
Porque la muerte, al final, no es el castigo. Es el motor. Es lo que nos hace humanos: la conciencia de que esto es finito… y aun así, seguimos escribiendo.
Si la vida es un libro, la muerte debería ser el punto final. Y digo debería porque incluso ese punto, con toda su soberbia, es vulnerable. Y lo es porque siempre hay alguien que se atreve a escribir después.
Una nota al margen. Una posdata que nadie pidió. Una lectura que no esperabas.
Esa es la eternidad de verdad: no inmortalizarse, sino aceptar que te reescriban. Que tu historia siga en bocas ajenas, torcida o glorificada. En miradas que te desconocen, pero aún te reviven.
Un día mi voz callará. Pero quedará la hoja con mi letra, incompleta. Y esa ausencia dirá más que yo. Porque morir no es desaparecer. Es convertirse en una versión editada.
