Manifiesto auténtico, aunque tú no

Hay gente que no miente por estrategia: lo hacen por necesidad. Necesitan inventarse un personaje, y creérselo, para no mirar de frente el agujero que llevan dentro.

Luego están los listos de manual: los que creen que manipulan, que controlan, que dirigen la narrativa. En realidad solo alimentan su propio delirio. Se cambian de color como un camaleón histérico y creen que eso cambia su esencia.

Confunden pose con identidad y maquillaje con salvación. Se pintan tanto que llegan a pensar que la calavera desaparece.

Pobrecitos.

Piensan que te engañan, pero el único que no se entera de nada es el que necesita disfraz para existir.

Son artistas del autoengaño, no del engaño.

No confunden a nadie salvo a sí mismos, y ni eso les sale bien del todo. Porque cuando finges tanto, acabas olvidando quién eras cuando no actuabas.

La gracia es que, cuando algo no es real, el único que vive esa ficción es quién actúa.

Si alguien me da cien euros, yo recibo cien euros. Da igual que esa persona lo llame regalo o soborno. 

Si me dan cariño, recibo cariño.

Si me dan veneno disfrazado de perfume, yo sigo recibiendo perfume.

¿Y el veneno? ¿Dónde queda el veneno?

En quién lo fabrica. Siempre vuelve a su creador. El karma puede no existir, pero la coherencia psicológica sí.

Y mientras algunos coleccionan máscaras, yo colecciono momentos verdaderos. La autenticidad no necesita decorado. No necesita pose. No necesita público.

Quizá por eso la pintura la dejo para el arte, y yo no maquillo lo que soy.

Y no es pureza ni santidad, confieso que voy escasa de ambas. No lo hago  porque cualquier mentira me dura dos minutos antes de inquietarme. La máscara pesa, la piel pica. Y yo no tengo paciencia para hacer teatro.

Debe ser agotador vivir de versión en versión.

Agotador y adictivo.

Yo también he tenido días en los que me tienta la mentira: por descanso, por comodidad, por cobardía. Porque hay días en los que pienso que sería más fácil creerme un personaje que enfrentarme a mi propio reflejo.

En mi persona fingir tiene un precio: me enveneno yo misma mientras sonrío. En cambio cuando habito la verdad, todo lo que siento es genuino. Lo que doy, en mi resulta en paz, y lo que recibo, si tiene otra intención, muere fuera de mí.

Por eso las sombras me rondan, pero no entran. Las huelo incluso antes de que respiren. La espiritualidad superficial está tan de oferta que delata a cualquiera. Respira hondo, sonríe, agradece… calma impostada con olor a incienso del que promete paz por un euro. 

Mi alma no tolera disfraces.

Mis sombras no entienden de eufemismos.

Mi luz no cabe en una pose forzada.

Y en este camino, en esta marca, en mi vida, la ley es simple: si no soy real, me desconecto de mí. Y eso sí que sería la muerte verdadera. Porque puedo sobrevivir a casi todo, menos a traicionarme.

Eso ya no se reconstruye. Ahí sí que no hay sutura posible.

Por eso no actúo. Por eso no edito mi verdad. Por eso sigo mostrando el hueso: porque si algo tiene que romperme, que no sea la mentira que yo misma me cuente.

—Vanesa Silva