Si pienso en mi infancia no puede decir que en ella mi padre, cada noche antes de dormir, abriese un libro y me leyese un cuento del tipo: Caperucita Roja o Los tres cerditos, y si alguna vez lo hizo…
—Lo siento Pa’ no lo recuerdo.
No estoy diciendo que mi padre nunca me haya contado un cuento. Siendo justos, son muchas las veces en las que lucha por transitar una historia mientras yo lo atropello con preguntas. A día de hoy, a punto de empezar a gastar mi año 36, siguen existiendo esos momentos.
Probablemente la primera vez que papá me contó este cuento en concreto, el significado que yo le di estaba muy alejado de paredones, mutilaciones y olor a carne quemada… Ahora se me hiela la sangre cuando pienso en las personas que viven en el miedo constante. Miedo a causa de una casualidad geográfica, casualidad, que los obligó a nacer en un territorio hostil.
Hoy soy consciente de cómo mi padre utilizó cada uno de sus cuentos como arma. Cómo, sin saberlo, a través de los años, aquel cuento me obligaría a sentir cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.
Dicho esto… Os dejo el cuento que papá me regaló aquel día:
«Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mi, pero es demasiado tarde.»
—Vanesa Silva
