Hay personas que una sociedad decente preferiría que no existieran.
Crueles. Violentas. La escoria de la sociedad. Así las llamo.
Esa palabra, a la mayoría, nos impide dudar de qué lado estamos.
Durante mucho tiempo pensé que, al menos, servían como mal ejemplo. Algo que mirar para saber lo que no hay que ser.
Hoy creo que su función es mayor que esa.
Y no por ello creo que su existencia esté justificada. No lo está.
Sino porque, su aparición, obliga a que algo se revele.
Sin crueldad, la bondad no se pone a prueba.
Sin injusticia, la justicia no pasa de ser una idea abstracta.
Y ahí es donde la lectura se complica.
Porque entonces no estamos hablando solo de un problema moral que debamos combatir.
Hablamos de algo que, al enfrentarte a ello, te obliga a tomar posición.
No en abstracto. En contexto.
Son la sombra sobre la que tu identidad se dibuja. Permiten algo que de otro modo sería imposible: que puedas experimentar quién eres.
Al final, incluso el villano cumple una función inesperada. Y no va de equilibrar nada, ni de compensar ningún daño. Va de forzar una definición.
Y en ese momento ya no estás opinando.
Estás decidiendo.
—Vanesa Silva
