El horizonte ya no existe. Lo devoró el humo. Y el aire… el aire ahora tiene el mal gusto de la ceniza.
Allí, donde el calor no es metáfora y el cansancio no es excusa, mi hermano y los suyos se dejan la piel. Literalmente. Porque mientras en casa contamos horas, ellos cuentan brasas. Pulmón contra humo. Carne contra un enemigo que no descansa ni para pestañear.
Quieren dar más de lo que humanamente es posible, como si fueran máquinas. Pero no lo son. Son hombres. Con manos que se rompen, botas que se cuecen, miradas que aprenden a no llorar por lo que se quema.
Hombres que vuelven de noche con la ropa negra y el alma en silencio, porque saben que mañana el fuego seguirá esperando.
No, no lo apagan todo. Pero cada metro que arrebatan al fuego, cada árbol que sigue en pie, cada vida que no se rinde… lleva sus firmas, sus sombras y su sudor. Y eso, aunque no salga en las noticias, es ganar. Aunque nadie lo aplauda, es resistir. Y aunque parezca poco… es mucho.
—Vanesa Silva
