Creemos que conocer a alguien es haber atravesado sus sombras: haber visto sus demonios de cerca, sufrido sus aristas y sobrevivido a todo lo que esa convivencia removió en nosotros. Cuando pasa el tiempo, damos por sentado que esos demonios son historia: creemos que están arrestados en el pasado, archivados, vencidos… pero no es verdad. Los demonios no desaparecen nunca: regresan siempre, aunque sea un instante, aunque sea en una versión más pequeña y más domesticada.
Y me resulta fascinante lo diferente que interpretamos su regreso dependiendo de quién sea el anfitrión.
Cuando la visita le toca al otro, vivimos el episodio como un retroceso. Ponemos cara de “ya estamos otra vez” y sentimos la traición de quien, en el fondo, nunca nos prometió perfección, pero a quien igual se la exigimos. Nos molesta su humanidad porque nos recuerda heridas antiguas que queríamos creer superadas.
Pero cuando el demonio que asoma es el nuestro, ahí sí cambia la narrativa. Ahí sí nos volvemos poetas: “Vino un ratito, pero ya no tiene el poder de antes. Lo vi llegar, le ofrecí agua, lo dejé hablar y luego lo eché a patadas. Mira qué crecimiento, qué evolución, qué diosa soy.”
A los nuestros les hacemos altar. A los ajenos, juicio.
Y si miráramos con honestidad hacia el otro, veríamos lo mismo: que también ha mejorado, que su demonio ya no arrasa nada, que solo pasa a saludar y se va por su propio pie. Que, igual que tú, el otro también responde con cortesía y con límites.
Un demonio que vuelve no es tragedia: es un recordatorio de que todos estamos en obras. De que la sombra sigue ahí, sí, pero al menos ahora tiene la decencia de entrar sin derribar la puerta. Entender que su aparición no invalida el camino recorrido —ni el nuestro ni el ajeno— es, probablemente, la forma más madura de mirar la vida y a las personas.
—Vanesa Silva
