Desde dónde rezo

Durante mi infancia Dios fue algo a lo que se recurría cuando tocaba, no algo en lo que se pensara demasiado. En mi casa aparecía en cosas pequeñas. Por ejemplo, poner el pan boca abajo. O retorcerlo en vez de cortarlo con un cuchillo.
Mi abuela, que era una mujer muy auténtica, se llevaba las manos a la cabeza y decía con cara compungida: “Parece que le estás retorciendo el pescuezo a Jesucristo”. Con eso aprendí que Dios estaba ahí para señalar gestos cotidianos que no cambiaban el mundo, pero sí lo hacían más juicioso.
Con esas frases cargadas de penitencia cualquiera diría que era la mujer más devota del mundo.
Spoiler: no lo era.
Tenía sus vírgenes, llevaba sus medallas pero la fe en mi casa, ella la resumía mejor que nadie: “Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.”
Ella no rezaba, no iba a misa, no hablaba de religión, pero cuando las cosas se ponían feas le pedía a la Virgen de Fátima. Y ya. El resto del tiempo, nada. Supongo que eso fue lo que aprendí primero: Dios como recurso de emergencia, no como pregunta.

Con los años empecé a pensar, en realidad empecé a pensar demasiado. Empezaron a chirriarme cosas. No tanto la fe en sí, sino la historia que me contaban. Había partes que no me encajaban, que no entendía, que me parecían demasiado simples para explicar algo tan complejo como la vida.
Fue ahí cuando empecé a tomar distancia.
La iglesia, los dogmas y la moral establecida empezaron a parecerme demasiado cerrados, demasiado rápidos a la hora de dar respuestas. Como si no hubiera espacio para pensar ni para dudar. Y cuando no hay espacio para dudar, yo me voy.
Durante una etapa bastante larga me coloqué en una posición claramente atea. Crítica, analítica, bastante firme. La religión me parecía una estructura de poder y Dios, una construcción de sometimiento jodidamente efectiva.
Pensándolo desde el hoy, lo curioso es que aunque me consideraba atea, no dejé de pensar en Dios ni un segundo de ese tiempo.
No existía, pero discutía sobre él.
No creía, pero buscaba sentido.
No rezaba, pero me hacía las mismas preguntas que empujan a rezar.

Hace unos años algo se movió. Me volví excesivamente mental y había dejado de escuchar una parte más intuitiva, más corporal, incluso más ética en un sentido personal. No sé si ese fue el motivo, pero en esa época empecé a probar cosas que prometían devolverme la tan codiciada paz espiritual.
En ese recorrido apareció el libro Conversaciones con Dios. Y no, no descubrí la fe, ni me ofreció un nuevo dogma. Pero sí me dio algo: la idea de Dios sin necesidad de intermediarios. Hasta entonces yo no sabía concebirlo fuera de una institución. Ese libro me rompió esa asociación. Y a partir de ahí empecé a pensar distinto.


Creo que cuando eres todo, en realidad no eres nada concreto. Al menos así lo veo yo. La identidad nace de la experiencia, y la experiencia solo existe cuando hay separación.
Muchas veces sabes quién eres solo cuando te ves obligado a decidir qué no eres. Yo, al menos, nunca me habría visto como no racista si no hubiese tenido que posicionarme ante una situación racista.
De ahí nace mi forma de entender a Dios como el todo y a nosotros como fragmentos de ese todo. Chispas, fractales, llámalo como quieras. Y no creo que haya un objetivo más allá de experimentar: hacia donde podamos, donde queramos o donde nos toque.
Desde esta mirada, nada es bueno ni malo en sí mismo: todo es experiencia. Eso no elimina las consecuencias. Las hay, y pesan. Pero pesan aquí, en lo humano.
No creo en un Dios juez que castigue o premie según la experiencia que hayas elegido vivir. No tiene sentido. Al menos no en mi idea de creador, un Dios que nos empuje a experimentar y luego nos castigue por ello, sería obsceno.
Si yo creo que asesinar está mal no es porque Dios lo haya dictado, sino porque tengo humanidad. Porque eso no soy yo. No está mal en abstracto: está mal para mí, desde lo que elijo ser. Y esa elección, ese juicio, es humano, no divino.
Creo que Dios es la conciencia del conjunto. Algo parecido a un sistema operativo: no vigila, no juzga, no castiga, pero integra. No es una metáfora perfecta, pero es lo más honesto que puedo decir con palabras.
No creo en un Dios bondadoso que perdona. Y si lo hace, lo hace desde una lógica humana: la del pecado. Porque sí, también creo que el pecado no tiene nada de divino y todo de humano.
Es justo decir que no creo en el pecado, que no tiene nada que ver con no creer en los límites.
Y esto es clave.
Que el todo integre no significa que yo tenga que hacerlo siempre. El todo puede comprenderlo todo; yo no. Y está bien.
Poner límites, alejarse, no justificar, también es formar parte del todo. No todo se perdona en lo humano, aunque no exista castigo divino.

Y todo este viaje me ha hecho volver a los símbolos. No porque crea en ellos como objetos sagrados, ni desde la fe tradicional, ni desde la superstición. Vuelvo a ellos desde una necesidad muy humana: la de anclar ideas que, de otro modo, se quedarían demasiado abstractas. Porque el pensamiento, solo, no siempre alcanza.

En ese proceso también tuve que entender algo importante: que Dios y las deidades no son lo mismo. Que muchas de las imágenes que nos han enseñado no hablan de Dios, sino de formas humanas de representarlo. Puras proyecciones.
Dios, tal y como yo lo entiendo ahora, no necesita nada. No se ofende, no castiga ni celebra, no exige adoración. Las deidades sí. Porque nacen de nuestras carencias, de nuestros miedos, de nuestra necesidad de ponerle forma a lo que no la tiene. Entender esto fue lo que me permitió volver a los símbolos sin sentirme una farsante. Y, lo más importante, sin confundirlos con Dios.
Vuelvo sobre todo a los símbolos católicos porque son los que habitan mi memoria. Hackearlos no es profanarlos: es volverlos habitables. Sacarlos del altar para poder usarlos sin que nadie dicte cómo adorarlos.
No sé si esto es una conclusión, porque no lo vivo como un punto de llegada. Es un recorrido que sigue abierto. Pero hoy, esta forma de entender a Dios como el todo del que formo parte me permite mirar distinto. Con menos juicio. Con más atención. Y con algo más de amabilidad, también hacia mí misma.
Y, de momento, eso me basta.

—Vanesa Silva