Creí que me habías castigado con tu ausencia.
Confundí el silencio con distancia. Pensé que habías apartado la mirada. Que, de alguna manera, te había decepcionado y que el precio era dejar de sentirte.
Curioso funcionamiento el del ego, capaz de convencernos de que somos tan importantes como para alterar tu naturaleza.
Qué arrogancia la mía creer que conmigo ibas a dejar de ser quien eres. Precisamente yo, que defiendo a capa y espada tu misericordia, terminé imaginándote como un justiciero.
Y es que proyectar nuestra forma de ser es tan humano…
Somos nosotros quienes nos alejamos, quienes castigamos, quienes ponemos condiciones al amor.
Y, sin darnos cuenta, acabamos creyendo que tú haces lo mismo.
Ya comprendí que hay silencios que no esconden un abandono, sino una invitación.
Mientras todo hace ruido es muy difícil distinguir una voz que no levanta el tono.
Tal vez por eso dejé de buscar respuestas inmediatas y empecé a permanecer.
No porque hubiera dejado de tener preguntas, sino porque empecé a sospechar que algunas solo podían responderse desde el silencio.
Y fue allí donde descubrí algo que jamás habría entendido si hubieras hablado antes.
No me habías castigado con tu ausencia.
Me estabas regalando tu silencio.
Y qué regalo, papá.
—Vanesa Silva
