Llevo días pensando en una contradicción preciosa: sostener es una palabra que usamos como si implicara fuerza. Que suena a brazos firmes, a no venirse abajo, cuando muchas veces empieza precisamente por aceptar que no puedes hacer absolutamente nada para cambiar lo que está pasando.
Es imposible sostener un edificio mientras cae. No puedes sujetar la tierra para que deje de temblar. Tampoco devolver a quien ha muerto, ni reconstruir en cinco minutos una vida que acaba de hacerse pedazos.
Hay cosas que pesan más que nosotros. Y quizá uno de nuestros mayores errores sea confundir no poder arreglar algo con no poder hacer nada.
Porque sostener no es salvar. No es solucionar. Ni siquiera es decir: “todo va a ir bien” Esa frase que yo siento tan bienintencionada como inútil.
A veces no va a ir bien. Y precisamente por eso hay que estar.
Sostener es quedarse cuando no sabes qué decir. Es llamar aunque no tengas respuestas. Es escuchar a alguien contar siete veces exactamente la misma historia porque todavía está intentando entender qué coño acaba de pasar. Es soportar el silencio sin sentir la obligación de llenarlo.
Porque hay dolores que no solo necesitan soluciones. Necesitan testigos.
Personas capaces de decir, sin decirlo: no puedo sacarte de aquí, pero puedo quedarme contigo mientras encuentras la salida.
Y quizá eso sea sostener: aceptar que no puedes levantar lo que se ha caído, pero hacer todo lo posible para que nadie tenga que caer solo.
—Vanesa Silva
