Recuerdo la primera vez que escuche a Waor cantar:
«Se de sobra lo que es vivir con la culpa. Acelerar en la curva, y que sea lo que tenga que ser. «
Automáticamente pensé en él.
Llevábamos meses quemando la vida. Y yo además, conteniendo la respiración cada vez que el trazado del camino dejaba de ser recto.
Hubiese sido fácil tacharlo de valiente, muchísimo más fácil hacerlo de inconsciente.
Lo difícil era entender que no aceleraba porque no viera el peligro. Aceleraba porque frenar nunca había sido su forma de relacionarse con el mundo.
Si sentía rabia, aceleraba.
Si sentía miedo, aceleraba.
Y si la vida amenazaba con empujarlo hacia una dirección que no había elegido, aceleraba todavía más.
Durante años pensé que lo que necesitaba era alguien que le enseñara a frenar.
Me equivocaba.
Lo entendí cuando descubrí que algunas personas se apagan si frenan. Que la mejor versión de alguien no siempre aparece cuando elimina aquello que lo vuelve difícil. A veces lo hace cuando aprende a convivir con ello. Cuando deja de pelearse contra su propia naturaleza y aprende a dirigirla.
La fuerza no es un defecto. Tampoco lo es el impulso. Mucho menos la intensidad.
No es menos reacción. Es más propósito.
Y yo, con el tiempo, empezaba a sospechar que todos necesitamos alguien capaz de devolvernos una versión más nítida de nosotros mismos cuando dejamos de ver con claridad.
Alguien que no elimina la las chispas, las canaliza.
La electricidad sigue existiendo. La potencia sigue existiendo. La energía sigue siendo exactamente la misma.
La diferencia es que entendió que el margen entre destruir algo y construirlo no está en la cantidad de fuerza que utilizamos. Está en hacia dónde la dirigimos.
Y fue pensando en él cuando descubrí algo que nunca había analizado.
Yo nunca intenté frenarlo. Ni convencerlo. Ni suavizarlo.
No se me ocurriría.
Cualquiera que conozca a mi amigo sabe que intentarlo es una pérdida de tiempo y también de energía.
Lo único que yo hacía era señalarle hacia dónde apuntaba toda esa fuerza. Y fue ahí cuando supe que aunque no lo había buscado, aunque ni siquiera era mi intención, yo era su toma a tierra.
—Vanesa Silva
